"Quizá la mayor lección de la Historia es que nadie aprendió de las lecciones de la Historia."

Aldous Huxley.


domingo, 19 de agosto de 2012

Galileo: Eppur si muove

Hay seres humanos que requieren poca presentación porque fueron tan grandes que la mayoría ha escuchado hablar de ellos. Ese es el caso de Galileo Galilei. Del que no voy a contar su vida, ni mucho menos toda su obra, ya que puso las bases de la astronomía, física y ciencia moderna en general, y tendría que escribir un libro. Me centraré en su principal batalla, aquella en la que enarboló la bandera de Copérnico para defender el sistema heliocéntrico y demostrar que nos movemos a miles de kilómetros por hora en una órbita alrededor del sol. 

Estudiando sus trabajos, me ha parecido entrañable imaginarme a Galileo mirando por su telescopio. Descubriendo tres nuevos puntos brillantes junto a Júpiter como si fueran nuevas estrellas. Buscándolo nervioso la noche siguiente para comprobar que el planeta se había desplazado hacia la izquierda respecto a esas estrellas de forma inexplicable. Lamentándose la tercera noche porque estaba nublado y no podía ver nada. Tras una paciencia de varias veladas nocturnas mirando al firmamento pudo deducir que las supuestas estrellas eran "lunas" de Júpiter que se movían a su alrededor. Debe ser magnífico tener esa cita diaria con el infinito y con la ignorancia.
 
En 1616 la Iglesia Católica califica de herético el heliocentrismo. El Papa lanza el guante de que ninguna prueba real demuestra el movimiento de la Tierra, y que, por tanto, el sistema de Copérnico sólo es una hipótesis más, pero que la verdad está en la revelación divina. Galileo asume el reto de presentar dichas pruebas y recoge el guante. Lo hará en diferentes publicaciones donde explica las mareas, las fases de Venus, las manchas solares, las irregularidades de la Luna, las nuevas estrellas... 

La envidia de los jesuitas (protectores de la ciencia subyugada a la fe cristiana) le hace ganarse enemigos. No obstante, el nuevo Papa, Urbano VIII lo apoyaba. Sin embago, la política hizo acto de presencia. Guerra de los Treinta Años. En un bando, el católico formado por el Imperio Español. En el otro, los protestantes, el poder militar sueco, Inglaterra y Francia. El Papa debería estar del lado español, pero mostraba simpatía por los franceses. Se le amenazó de expulsión por herejía. Tuvo que entregar la presa que muchos buscaban: Galileo. 

El genio fue llamado al tribunal de la santa inquisición de Roma cuando tenía casi 70 años y su salud muy deteriorada. La acusación fue irrisoria, ya que todas las obras publicadas por Galileo habían pasado el filtro de censura inquisitorial. Si había algo en sus escritos que introdujera doctrinas heréticas, habría que reprochárselo a los censores, no a él. Los santos padres optaron por el camino rápido: o confesión y abjuración, o tortura hasta que esta llegara. Galilelo abjuró y negó que la Tierra se moviera. Fue condenado a cadena perpetua, más tarde conmutada a arresto domiciliario permanente hasta el fin de sus días. 

Moriría pocos años después, con 77, completamente ciego, probablemente debido a la observación directa de las manchas solares. Seguiría estudiando y publicando hasta el fin de sus días, aunque tuviera que mandar sus libros al extranjero. 

Todavía hoy, muchos católicos, esperan una rehabilitación plena de Galileo por parte de la Iglesia. Otros, no católicos, esperamos que no tengan el poder para condenar ni rehabilitar a nadie más en un futuro.

Eppur si muove. Sin embargo se mueve... Y, a día de hoy, se sigue moviendo.


    

No hay comentarios:

Publicar un comentario