"Quizá la mayor lección de la Historia es que nadie aprendió de las lecciones de la Historia."

Aldous Huxley.


miércoles, 4 de julio de 2012

El hombre Elefante

Él siempre creyó que el origen de todos sus males se remontaba a cuando su madre, embarazada de él, fue asustada por un elefante durante una feria. Elefante que le dio nombre, no por este susto, sino por la protuberancia en forma de trompa que le impidió hablar y comer durante un tiempo, hasta que le fue extirpada. Su nombre fue Joseph Merrick.

Es debate abierto el creer en la bondad o maldad innata del ser humano. No seré yo quien lo resuelva en estas líneas. Pero es destacable como punto de partida a dicha cuestión el observar como el hombre, en sociedad, siempre ha machacado al débil. Igual que la manada que abandona a sus miembros menos competitivos. Algo en nuestros genes sabe luchar por su supervivencia, independientemente de los individuos que haya que sacrificar por el camino.

Joseph, el hombre elefante, nació en Inglaterra en 1862. A los pocos meses empezó a mostrar los primeros síntomas de una grave enfermedad, que tras los estudios actuales se ha identificado como un caso extremo del Síndrome de Proteus: crecimiento anormal de los huesos y la piel, y formación continua de tumores en todas las partes del cuerpo. Resultado visible: un monstruo completamente deformado.

Durante su infancia, su madre, la única persona que lo amó y lo respetó, le protegía del mundo humano. Le obligó a tener una vida normal, de colegio y familia. Pero la muerte de ésta, cuando Joseph tenía 11 años, le abrió las puertas del infierno. Allá donde fue siempre era apaleado como un perro, echado a la calle. Y su camino para subsistir no pudo ser otro que la farándula, el espectáculo y el morbo. Aquello por lo que gratamente nos gusta pagar. Y su vida se convirtió en un ir y venir de una feria a otra. Hasta que las autoridades locales de todos los sitios a donde ir prohibieron aquel espectáculo "inhumano".


Al final de su vida, encontró cobijo en la manó que le tendó un médico, Frederick Treves. Le ofreció pedir ayuda a través del periódico, para que la gente hiciera donaciones, y con este dinero poderse quedar el resto de su vida en el hospital. Y ahora el pueblo sí respondió. Quizá porque simplemente era cuestión de abrir la cartera, no había que mirar a un monstruo a los ojos, ni hablarle, ni conocerle. O quizá porque sí existe algo de piedad y solidaridad en nuestro interior.
 
Y en adelante, el hombre elefante no siguió el camino del moderno Prometeo de Frankenstein, no devolvió todo el odio recibido. Se mostró amable, educado y cariñoso el resto de su vida. Tanto con la gente que le rodeaba como con aquellos que a veces le visitaban, ya cuando su caso se hizo famoso. Era inteligente. Leía mucho. Aprendió a escribir con su mano mala. La buena estaba demasiado deformada. Y dejó bellos textos. 

La primera vez que una mujer le dio la mano, sólo la mano, rompió a llorar. Le fue imposible contener la emoción.

Murió a los 27 años, en 1890. Una mañana fue encontrado muerto en su cama. Tal vez se asfixió al quedarse dormido (el peso de sus deformaciones le impedía dormir tumbado, tenía que hacerlo siempre sentado en una posición determinada). Tal vez simplemente se partió el cuello. Su cabeza pesaba demasiado como para mantenerla erguida. 

Saber más: http://es.wikipedia.org/wiki/Joseph_Merrick



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